cuento

Lo conocí, porque así tenía que suceder y lo que sucedió es que me dejó encarcelado entre las páginas de su cuento.

viernes, 8 de abril de 2011

Tarde de lluvia.

La tarde transcurría entre los charcos de lluvia y la humedad que ésta y el calor provocaban. Caminaba a lado de gente desconocida. Gente que sínicamente miraba el agua invadiendo mi cuerpo, dejando al descubierto lo delgado de mi ser. Lo encontré ahí, o no sé si fue antes, creo que el agua nublaba mi vista y mi memoria. Caminamos juntos, él de vez en vez tomaba mis manos, acariciaba mi cuerpo y yo jugaba con sus cabellos mojados. Era maravilloso ver que sonreía, creo que nos agradaba estar juntos.

Lo que nos pasaba era inigualable. Intentábamos llegar a algún lugar que nos cobijara de la espesa lluvia, pero sin evitar que ésta mojara cada parte de nuestros cuerpos. Al fin logramos traspasar aquella puerta. Adentro era confortable, el diluvio que nos invadió y esas miradas habían quedado afuera. Tardamos poco en despojarnos de eso que cubría nuestros cuerpos, sonreíamos, íbamos paso a paso. 

Ya desnudos y con el cuerpo seco comenzamos aquello por lo que preferimos alejarnos de la gente. Me parecía increíble poder sentir lo que hacía tiempo no me había permitido, en serio me hacía feliz su felicidad, su presencia. Su cuerpo tenía una especie de señales que indicaban por dónde ir, al paso que sus manos no dejaban espacio para no sentir. 

Estaba siendo tan feliz, que pensaba debería ser demandado. De repente un juego de palabras hicieron que sus labios pronunciaran tu nombre… ahora, simplemente intente no frustrar lo que venía pasando, pensé que tal vez tú ya no estarás pero podría encontrar en alguien más un poco de lo que vi en ti. Para ese momento habían pasado ya dos cuadras desde que lo abandoné.

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