Recuerdo... yo estaba ahí. Entre esas piedras calientes que me quemaban pero de las cuales no podía escapar, pues condenado estaba a vivir entre ellas y entre todos aquellos seres. Tal vez eran monstruos. Para mí eran simples sombras que de vez en cuando intentaban corromperme más y llevarme a sus oscuras cuevas, y que por miedo siempre rechazaba. Porque a pesar del abandono en el que me encontraba, aún conservaba la esperanza de ver una luz que me ayudara a escapar de ese sitio del cual me estaba ya sintiendo parte.
El calor... el calor nunca se fue. A veces era insoportable. Aún así habían unos que lo disfrutaban. Cuando pasaba esto, intentaba hacerme dueño de esa plancha en la que podías acostarte y fingir que estabas muerto. Cuando por fin lo lograba, cerraba mis ojos intentando dormir para olvidar la hoguera en la que me encontraba. Nunca lo logré. Cuando abría mis ojos, estaban alrededor de esa; a la que algunas veces le llamé cama. Intentando lamer mis heridas con sus lenguas pegajosas, me causaban asco.
No niego que llegue a conocer a algunos. Hablaba con ellos de cosas vacías, reíamos, intentábamos jugar, pero siempre que hacíamos esto, lográbamos lastimarnos un poco más. Era una forma de pasar el tiempo. De otros sólo sentía su presencia y de vez en cuando arrancaban un trozo de carne de mi miserable cuerpo. Lo devoraban. La sangre que derramaba la lamían y siempre estaban esperando un descuido. No sólo de mí, sino de todos para hacerlo.
¿Cómo llegó él? No lo sé. Creo siempre estuvo ahí. Encerrado en su cueva. Solitario. Jamás había escuchado de él por qué decidió salir. Lo desconozco, pero su presencia impactó a más de uno. No logre verlo. Muchos fueron sus víctimas y hasta disfrutaban cuando les arrancaba partes de su cuerpo. ¿Cómo fue que me acerqué a él? Creo por descuido. En ese momento ya casi no veía. La vista me estaba abandonando. Pudo ver mi miedo. Lo sentía y lo disfrutaba.
Todavía no olvido cuando me tocó por primera vez. Fue un acto de catarsis y me sentí aliviado. Creo que si en ese momento hubiera sido capaz de razonar, hubiera comprendido lo que los demás sentían cuando ese ser los torturaba. Yo no corrí con la misma suerte. A mí me dejó ahí, y fue entonces que sentí el más grande de los miedos. El más grande de los abandonos. Ya era ciego.
Los días que siguieron a este suceso, fueron los más oscuros y fríos, porque a pesar del calor que antes había sido insoportable, mis huesos tiritaban. Buscaba, pero sin preguntarle a nadie, no sé cuánto tardó en volver. Para mí lo importante es que lo hizo. Ahora a ciegas llegué a él y él a mí.
Me guió a su cueva. Caí varias veces en el camino sobre aquellas piedras húmedas y puntiagudas. Nunca me levantó, pero sentía su protección. Por eso jamás dejé de seguirlo. Cuando por fin llegamos a su cueva, me despojó de todo. Pensé en huir. Recordé todas las veces que quise escapar de ese sitio. No me moví. Deje que arrancara la poca carne que me quedaba. Era maravilloso.
Tomó mis manos y las llevó a su cuerpo. Pensé que sería como tocar un ángel. Cuando llegué a su cara la apartó. Creo que sintió miedo o vergüenza. Me detuve y toqué su cabeza. Pude escuchar su risa. Era como si nadie lo hubiera tocado antes. Sentí el relieve de su cuerpo, tenía una parte especial a un lado de su costillas. Era como tocar una galaxia y me imaginaba a las imperfecciones que estaban alrededor como estrellas desobedientes que se escaparon.
Cuando toqué su único ojo fue entonces que comprendí por qué aparto su rostro. En serio era especial. No dije nada, pero para mí significó el haber encontrado la perfección del ser, pues no necesitaba más que uno para ver. Estaba completo. No le faltaba nada. Nunca había sido víctima de aquellos que descarnaban. Yo por mi parte era ciego, flaco, descarnado. No poseía nada. Él en cambio, tenía un único ojo que la naturaleza le había regalado, un cuerpo enorme y completo. No necesitaba de juegos, de compañía, de charlas estúpidas con esas sombras. Y fue que comprendí que había encontrado un hombre.
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