Esa mañana me levanté con ganas y
me decía “propónselo, propónselo, ya lo
conoces, sabes que le gustas y que te gusta y si no se dieron las cosas de otra
manera pues mínimo que te ayude de la otra”, que no está por demás decir que en
la otra manera se desempeña muy bien. Como sea terminé de despertarme, caminé
hacia el baño, cepille mis dientes y recapacite y ahora me dije “no, cómo crees
que le dirás eso, ahora es tu amigo, lo vas a arruinar”, me miré al espejo, y
ahí estaba yo, moreno, delgado, con mis ojos de regalo un poco más cerrados, fingiendo una sonrisa muy absurda por cierto.
“Amigos con derecho, no eso no es
para mí o si”, me decía esto mientras recordaba las cosas que he dejado de hacer
por el que dirán. De las veces que he puesto cara de niño bueno cuando por
dentro soy el mismo diablo. De las veces que me he quedado serio cuando en
realidad quiero cagarme de la risa. También de las veces que he decido actuar
pero que termino por arrepentirme y lo niego todo a todos, incluso a mí. Pero también de las veces que he sido un
cabrón y no me ha importado herir a alguien y que aún me seguían causando risa.
La batalla en mi cabeza estaba al
mil, entre preguntas y respuestas, acuerdos y contradicciones, pros y contras,
muy ridículo en serio, de repente mire el reloj “domingo 7:50 am”, todo aquello
me había llevado más de 40 minutos, y a mí que no me gustaba llegar tarde a
misa.
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